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Contradicciones

Enviado en 12 octubre, 2004 Para 3:00 pm Escrito por en Artículos de opinión

A menos de un mes de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, se aprecia una de las campañas políticas más candentes de la historia norteamericana. No solo está en juego la reelección del presidente George Bush o la elección del senador John Kerry, con sus respectivas plataformas políticas, y las consecuencias que pueda esto tener tanto en el plano interno como en el externo. En el fondo, está a prueba el propio sistema electoral norteamericano, cuya tradición y normativa legal hacen posibles que la mayor parte de los presidentes sean electos sin ganar el llamado “voto popular”.

Para comprender este sistema, hay que remontarse a sus orígenes. Terminada la guerra de independencia, el 10 de mayo de 1775 se reunió en Filadelfia el segundo Congreso Continental de las 13 ex colonias para decidir el futuro. El 4 de julio de 1776 se aprobó el texto de la Declaración de Independencia y el Tratado de Paz e Independencia se formalizó en 1783.

La Convención elegida para redactar la constitución nombró a George Washington presidente de ella. Integrada por 55 personas, se aglutinó en torno a una lectura común: Montesquieu. El autor de “El Espíritu de las Leyes” (1748) había impuesto a esa clase ilustrada una idea clara: separación de poderes, es decir, un Ejecutivo, un Legislativo y un Poder Judicial autónomos. En ese punto no tuvieron dudas. El 17 de septiembre de 1787, los 55 firmaron la Constitución. En 1789, los “delegados” de los estados eligieron a Washington como primer presidente de los Estados Unidos.

El problema de la elección presidencial fue claro. Los “padres fundadores” tenían “miedo escénico” al “voto popular”. Dijeron que podía suponer un “voto demagógico”. En suma, el voto popular fue rechazado. Se prefirió el “voto indirecto” de los delegados de cada estado que, en número igual al de los senadores y representantes de cada estado tenían en el Congreso, se constituían en “Electoral College” y decidían quién debía ser el presidente. Esa situación, la del voto indirecto, se mantuvo desde 1789 hasta 1824: cinco presidentes. En la elección de 1824, Adams inauguró la aparición del “popular vote”. Obtuvo 114 mil 23 sufragios; Jackson 152 mil 901; Clay 47 mil 217 y Crawford 46 mil 979. En suma, primer presidente elegido sin mayoría. Porque la Constitución establece que solo el Colegio Electoral certifica, sin más, una elección. En 1824, tampoco el Colegio Electoral estableció una mayoría y fue la Cámara de Representantes la que decidió la fórmula de “un voto por estado”. En ese momento, eran 24 estados. En suma, Adams fue oficialmente elegido el 9 de febrero de 1825 por 13 estados, uno más que la mayoría requerida. No ganó, sin embargo, el voto popular.

Este sistema electoral traspasa al colegio electoral la definición final de una elección, y como sucedió en el 2000, puede imponerse a la elección popular, ya que Al Gore contó con más votos populares que Bush. Esa contradicción, flagrante, entre el “Electoral College” y el “popular vote” es un proceso que choca con las mejores prácticas democráticas. La eliminación del Colegio Electoral y la restauración del voto popular como centro de una verdadera participación, constituye una inexcusable proposición de futuro para los Estados Unidos.

El autor es abogado.

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