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PRD/PRSD

Enviado en 14 marzo, 2005 Para 9:45 am Escrito por en Política

La dirigencia del PRD no ha tomado conciencia de la incredulidad y el profundo daño al proceso democrático causado por su enmienda constitucional en 2002.

Recuerdo hoy vívidamente las charlas radiales que como líder del PRD diariamente dirigía a la nación el profesor Juan Bosch en 1962, así como su debate con el padre Laútico García días antes de las elecciones presidenciales del 20 de diciembre de ese año.

Los conceptos políticos que Bosch explicaba con sencillez, fluidez y diafanidad fueron mis primeras clases sobre la ética y esencia de la democracia. Yo, así como todos los de mi generación que nos formamos bajo sus prédicas electrizantes, le tenemos una gratitud imperecedera.

Hoy releo el artículo 123 de la Constitución de 1963 y me emociono ante su tajante veto a la reelección, extendida para cerrar todo resquicio o tentación al presidente, hasta para la postulación “a la vicepresidencia en el período siguiente”.

Este legado del PRD se unió a su heroica participación en la revolución de 1965, así como a su lucha democrática durante los difíciles doce años de Balaguer (1966-78).

Bajo el liderazgo de José Francisco Peña Gómez, el PRD continuó fortaleciendo el complejo proceso político dominicano que con demasiada frecuencia, incluyendo a su propio partido, daba dos pasos hacia adelante y tres para atrás.

El fraude electoral de Balaguer en mayo de 1994 y el trauma nacional creado por este capítulo es recordado todavía por la mayoría de los dominicanos.

Entre otros puntos, Peña Gómez acordó con Balaguer la prohibición electoral pura y simple, pero en agosto de ese año la Asamblea Nacional –sin la presencia del PRD, que se retiró en protesta por los cambios introducidos al acuerdo sin su consentimiento- modificó la Constitución, prohibiendo en su artículo 49 la reelección presidencial, pero sólo “para el período constitucional siguiente”.

En mayo de 2000 voté por Hipólito Mejía porque consideré que, por su espontánea sencillez y la mística del partido -todavía bajo la influencia del reciente deceso de Peña Gómez en 1998- era la mejor opción para el país.

El desengaño y el espanto tomaron muy poco tiempo en llegarme. Tengo la impresión de que la dirigencia del PRD todavía no ha tomado conciencia de la incredulidad nacional y el profundo daño al proceso democrático dominicano causado por su inconsulta enmienda constitucional de julio de 2002.

Esta realidad, unida a la escandalosa incompetencia del gobierno de Mejía y a la manera en que éste embaucó a una parte importante de los dirigentes tradicionales del partido en su proyecto reeleccionista, ha despojado al PRD de esa mística.

Hatuey Decamps y sus seguidores se han llevado una buena cuota de esta intangible y preciada aura a su nuevo partido, el PRSD. Tal vez no sea suficiente para la construcción de un partido nuevo, pero sí importante para mantener impoluta la tradición antirreeleccionista del PRD.

Por el bien de la democracia dominicana, el PRD debe barrer toda la dirigencia devenida hoy en “dinosaurios” e instalar líderes independientes como Virgilio Bello Rosa y Orlando Jorge Mera.

Desde el 16 de mayo de 2004, el pueblo dominicano dejó atrás a Hipólito Mejía y a toda su camarilla, sólo falta que el PRD se dé cuenta de ello.

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