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El legado de Juan Pablo II

Enviado en 05 abril, 2005 Para 3:00 pm Escrito por en Artículos de opinión

En el año 1984, tuve el alto honor de saludar y conversar con su Santidad Juan Pablo II, cuando visitó por segunda ocasión a nuestro país. Para la ocasión, le correspondió a mi padre, entonces Presidente de la República, acompañar a su Santidad en los diversos actos de Estado y religiosos que se celebraron en esa honrosa oportunidad. Conservo en mi memoria las expresiones de su Santidad hacia mi familia, y guardo en mi hogar una foto de aquél inolvidable encuentro.

La ida a las manos de Dios de Juan Pablo II representa una gran pérdida para toda la comunidad internacional. Los dominicanos debemos sentirnos muy bendecidos por haber recibido en nuestra tierra en tres ocasiones la presencia de uno de los más grandes líderes del Siglo XX y de comienzos del XXI. El hecho de que su primera visita al extranjero, en el año 1979, fuera utilizado por él para visitar a nuestro país, lo cual fue repetido en 1984 y 1992, es un privilegio del cual podemos sentirnos muy orgullosos como pueblo católico.

Luego de su primera visita a Santo Domingo, Juan Pablo II viajó al Santuario de la Virgen de Guadalupe en Méjico. En uno de sus últimos libros, él describe cómo impactó esa visita para que se abriera la posibilidad de viajar a su Polonia natal. Esa vuelta a Polonia como pontífice fue memorable porque, dirigiéndose a los pueblos y a los países comunistas bajo la égida de la Unión Soviética, afirmó, en la histórica plaza de la Victoria, que no se puede excluir a Cristo de la historia del hombre en ninguna parte del planeta y en ninguna longitud geográfica‚ porque la exclusión de Cristo de la historia es un acto contra el hombre.

Allí, el Papa Juan Pablo II marcó lo que sería el sello de su Pontificado de 26 años al denunciar los abusos cometidos contra la humanidad y su decidida lucha a favor de los más desfavorecidos. Fue en Polonia, cuando, arrodillándose ante las víctimas del holocausto, no solo denunció la locura del nazismo‚ sino que, además, planteó a la humanidad esta inquietante interrogante: ¿Basta con proporcionar al hombre una divisa distinta, con armarlo con el aparato de la violencia, basta con imponerle la ideología en la cual los derechos del hombre quedan sometidos a las exigencias del sistema, completamente sometidos hasta el punto de negar su existencia?

Esta es una pregunta que todavía hoy sacude las conciencias frente a las nuevas formas de barbarie cometidas por los terroristas, que cegados por el odio, llevan tanto dolor a víctimas inocentes.

A pesar de estar en el lecho de muerte, pidió que se leyera su último mensaje, del cual extraigo: ‚A la humanidad, que en ocasiones parece como perdida y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y vuelve a abrir el espíritu a la esperanza. El amor convierte los corazones y da la paz. Ese es su legado.

Descanse en paz, guía espiritual de la humanidad!

El autor es abogado.

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