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Crisis de la escuela

Enviado en 26 septiembre, 2006 Para 3:00 pm Escrito por en Artículos de opinión

Presenciar con nuestros propios ojos la imagen de una profesora enseñando a sus alumnos, bajo el techo de un rancho, con los pupitres tocando el polvo del piso, y sin mayores condiciones, en una escuela de Barahona es una realidad que nos debe doler a cada dominicano. Así operan cantidad de escuelas en el país, bajo la indiferencia de muchos. No es posible, que, en pleno Siglo 21, esto pueda ser aconteciendo en el país.

De ahí es que es importante reflexionar sobre la educación, y la necesidad de adecuarnos a la realidad de este nuevo siglo. Vista desde una perspectiva histórica, la escuela es una institución educativa reciente y, tratándose de nuestro país, muy reciente. No siempre se educó por medio de escuelas y, no cabe duda, no siempre se educará a través de ellas o del modelo de escuela hoy vigente (el que heredamos de la Ilustración).

Mi percepción es que la escuela ha envejecido mucho, sobre todo en las últimas tres décadas.

Así, el consenso en el país respecto de la prioridad de invertir en educación se traslada quizás demasiado rápido a invertir en las escuelas: un presupuesto elevado que aún no llega al cuatro por ciento del PIB. Con esta identificación entre escuela y educación, se pasa por alto que aquélla ha perdido significación relativa, frente a los cambios que han ocurrido y siguen ocurriendo fuera de ella, cambios a los cuales los niños y jóvenes tienen acceso de manera creciente, quiéranlo o no.

La creación de redes cada vez más complejas de información y comunicación es una revolución comparable a la invención del alfabeto y de la imprenta. Su impacto es enorme y no puede ignorarse al reflexionar acerca de qué, cómo y dónde educamos. La internet, el cine, la televisión, la telefonía celular y otras tecnologías compiten con el proceso estructurado de aprendizaje que los colegios y escuelas ofrecen. La contienda es muy asimétrica y desigual: una institución de principios del siglo XIX, o anterior, frente a las vanguardias del siglo XXI.

En toda la literatura que he leído, los intentos de países con muchísimos más recursos que el nuestro para introducir esos medios, que operan fuera de las escuelas, hacia dentro de ellas, no han sido exitosos. Los alumnos prefieren usarlas en sus contextos reales y no en laboratorios escolares. Por otra parte, los computadores personales y los procesadores de texto han cambiado de modo profundo los hábitos de escritura y lectura.

Los estudiantes de hoy reciben por esos nuevos canales, de manera acrítica y masiva, una cantidad de información inimaginable un par de décadas atrás. Ahí se educan o se “des-educan”. La necesidad de que alguien enseñe a seleccionar, a tomar distancias y a evaluar razonadamente es urgente. Y, sin embargo, en este empeño la escuela semeja a un enano que combate contra un gigante que no para de crecer y cambiar.

Es una encrucijada. Invertir en ella no significa necesariamente invertir en una educación mejor, mientras no se reflexione sobre el papel que debe jugar en un mundo que, en este campo, ya es otro. Abramos el debate.

El autor es Secretario General del PRD.

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