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El roble

Enviado en 18 diciembre, 2010 Para 11:08 am Escrito por en Artículos de opinión

Por razones de edad, no fui testigo de hechos en los que mi padre participó de manera activa: la revolución de abril de 1965, sus defensas en los tribunales ante las violaciones a los derechos humanos en los setenta, las campañas electorales y su ejercicio presidencial. El destino me colocó en la primera línea de fuego ya cuando mi padre estaba en plena desgracia política.

Desde el 16 de agosto de 1986, cada lunes, a las ocho de la noche, un funcionario dirigía un discurso desde el Palacio, con el presidente Balaguer como testigo. El objetivo era destruir política y moralmente a mi padre.

En 1987, pude comprobar el talante de mi padre. Ya no cabían más acusaciones. Era la inventiva y la calumnia. Cada día había una provocación pública. Hubo también aquella notificación para que compareciera como acusado ante un tribunal. Ese día, mi padre nos dijo a Dilia y a mí lo que iba a suceder, y nos pidió mantener la calma. En contra de advertencias, decidió comparecer. El 28 de abril de 1987, una juez ordenaba que fuese a prisión.

Comenzó un calvario. Nadie escuchaba o prestaba atención a lo que mi padre decía. La pasión política, unida al poder avasallante más el resentimiento, fueron implacables. Hay otros episodios de esos días que me reservaré comentar oportunamente.

Mi padre nunca perdió la sensatez. Resistió con dignidad las humillaciones. Años después de haber sido descargado por no haber cometido los hechos que le imputaron, me dijo: “Así es la política, Orlando, que es donde mejor se conoce a los seres humanos”. No albergó odio ni rencor.

En 1987, mi padre me demostró que estaba hecho de un roble resistente. Ese es el ser entrañablemente querido y amado está hoy luchando por vivir.

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